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‘Palestina - Cultura és resistència’ desborda el Palau de la Música Catalana

6 de junio de 2025
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Fotografía: A.Bofill.

¡Free, Free Palestine! ¡Free, Free Palestine!”. Las 2.000 personas que llenaron ayer el Palau de la Música Catalana culminaron al unísono con este cántico espontáneo un acto de más de dos horas de duración. Lo recibían todos los artistas que habían participado en el evento “Palestina - Cultura es resistencia”, desde el escenario, abrazándose como si fueran uno solo, saludando entre aplausos. Un final emocionante de celebración de la cultura palestina que componía una imagen poderosa y cargada de simbolismo: Barcelona como un clamor colectivo. A través de la cultura, entre todos —público y artistas—, se representó un gesto de unidad, dignidad y empatía. Palestina resiste y se expresa. Y Barcelona, atenta, la escucha y la abraza.

“Estoy orgulloso de mi ciudad”, dijo visiblemente emocionado y con la voz temblorosa el poeta palestino exiliado en Barcelona Mohamad Bitari justo al ponerse ante el atril. En realidad, antes de aparecer bajo los focos, su voz ya había empezado a sonar con el Palau a oscuras y el escenario vacío, recitando en árabe los versos de ‘Al asesino’. Un inicio sorprendente que, según el propio Bitari, quería simbolizar una situación tristemente habitual de la cultura palestina que este acto venía a reparar: una identidad fuera del foco principal que debe luchar para ganarse su protagonismo escénico. Con sus poesías —recitadas tanto en su lengua de origen como en catalán— se inició un acto en el que, sin duda, se logró este objetivo.

“Palestina – Cultura es resistencia” no podía haber tenido un mejor comienzo: si vivimos tiempos de oscuridad, la palabra puede ser una nueva aurora. Encendido el calor de la esperanza con estos versos contra el olvido, el pianista Faraj Suleiman, con su quinteto de jazz, llevó al público por un viaje sonoro que oscilaba entre la melancolía y la libertad —tanto creativa como metafórica. Sus melodías con arabescos, llenas de matices, parecían contar historias sin palabras, y cada nota era un recuerdo que no quiere desaparecer.

Absorto sobre el teclado, pero en perfecta sincronización con el resto de su formación, no parecía que Suleiman llevara dos años sin actuar en directo, víctima de un exilio que lo ha alejado de su tierra querida y lo ha llevado finalmente a instalarse en París tras un periplo por varios países. Durante todo este tiempo ha compuesto canciones como “First Night”, “Love”, “Once Upon a City”, “Single Mother”, “Original Melody” y “Naughty Boy”, las seis que interpretó en el Palau ante la admiración de un público entregado a un talento que une pasado, presente y futuro de los sonidos mediterráneos.

Cuando Nadia Hafid empezó a ilustrar en directo un dibujo con los rostros de una madre y una hija en el fondo del escenario, quedó claro que, al hablar de Palestina —no lo olvidemos nunca—, hablamos sobre todo de personas. Personas que a menudo se encuentran en una situación desesperada y desesperanzada, como reflejaban las palabras que acompañaban esta ilustración, mientras Mohamad Bitari, en árabe, y Rosa Cadafalch, en catalán, leían el texto “Me llamo Alaa”, de The Gaza Monologues:

“Nunca pensé que no sabría proteger a mi hija del frío y del hambre. Antes soñaba con una vida tranquila y ahora sueño con que nos dejen vivir”. Los corazones del auditorio se encogían. Y las voces desde los pisos superiores se volvían llamas: “¡Stop genocidio!”, “¡Viva Palestina libre!”.

A menudo, las emociones no pueden expresarse solo con palabras, recordó Rosa Cadafalch al dar paso a Fadi Waked. Porque fue justo entonces cuando cobró todo el sentido una propuesta como el solo de danza ‘A Ticket to Another Migration’, un espectáculo adaptado especialmente al tiempo (un cuarto de hora) y al espacio (3 × 4 m) del acto. No hacía falta tener conocimientos de danza: la presencia escénica magnética de Fadi lo podía todo. La narrativa de sus movimientos exponía un relato que no era solo suyo en primera persona. Aunque su vida —expresada a través de este espectáculo— es la de un refugiado de nacimiento que ha luchado toda su existencia no solo para que se reconozca su identidad, sino también su condición de ser humano, tristemente hay muchas otras personas de su mismo origen que viven la misma situación. Y ante esta realidad expresada mediante el cuerpo es imposible no empatizar, no emocionarse, no aplaudir. Ovación atronadora y público en pie. Más que merecida.

¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Hasta 23 veces aparece esta palabra-faro, este concepto-brújula, en el poema La libertad del pueblo, de Fadwa Tuqan, que recitó la actriz Mar Casas acompañada al clarinete por strong>Cristina Pérez. Apenas tres minutos de palabra y puntuación musical mínima, pero de eco máximo. ¡Libertad! Pocas cosas quedaron más claras en este acto que aquello que Palestina necesita y reclama desde hace años: libertad —como hábitat, como idea, como sentimiento y, lamentablemente, como carencia por resolver.

Athrodeel, acompañados por una pequeña orquesta de alumnos del Conservatori del Liceu, tendieron un puente musical entre dos tierras, dos lenguas, dos realidades que se miraban a los ojos para declarar con fuerza: “I Love Palestine”, que es precisamente el nombre de su espectáculo. El diálogo entre culturas que se hablan y se escuchan, que se reconocen y se respetan, que empatizan y se ayudan, se materializó en canciones como la inicial “Lajiaa Bila Onwan”, escrita desde el punto de vista de una niña árabe que no entiende por qué el mundo que la rodea no es el mismo que el de otros niños del planeta. Siguieron con “Ya Zahra fi Khyali” y “Watar al Sharq”. La voz impresionante de Aseel volaba. Ahmad sonreía satisfecho detrás de la guitarra, como si supiera algo que el público todavía ignoraba. Y este secreto no era otro que “Rumba Mura”, un final de fiesta extasiante que unía folklore árabe, rumba catalana y latin jazz en una espectacular comunión entre músicos y público.

Sin que Athrodeel abandonara el escenario, Mohamad Bitari volvió para cerrar el acto con unos versos del gran poeta palestino Mahmud Darwish, que contemplaban el pasado: “Mis raíces echaron raíces antes del nacimiento del tiempo, antes de la apertura de las épocas, antes de los pinos y los olivos, y antes de que creciera la hierba”. Pero también con una promesa de compromiso que miraba hacia el futuro: “Ahora dejemos que la música hable. Que El cant dels ocells resuene como un homenaje. Como una plegaria. Como un clamor de paz y justicia para Palestina y para todos los pueblos que resisten. Muchas gracias. Y que la cultura nos mantenga despiertos”.

Y regreso al principio: “¡Free, Free Palestine! ¡Free, Free Palestine!”. Entre banderas, kufiyas, lágrimas de emoción y sonrisas de satisfacción, el público del Palau se marchaba a casa sabiendo que su aportación y compromiso con la causa palestina no eran solo los 5 euros de la entrada destinados a UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para el Pueblo Palestino en Oriente Próximo. Sabía que acababa de formar parte de una noche histórica; de un acto que fue el gran gesto colectivo de una ciudad, que dejará en todos los que estuvieron allí una huella emocional imborrable y que, sobre todo, lanzó un mensaje alto y claro: la cultura del pueblo palestino no solo sobrevive: crea, conecta, emociona. Resiste.

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